Autora -Rosa Martínez

Naturaleza muerta con pájaro carpintero

naturaleza-muerta-con-pajaro-carpinteroCreo que un buen libro lo es, además de por serlo, porque es leido en el momento preciso de la existencia de la persona que lo lee. Aunque abordar la “la irresoluble diatriba entre el individualismo romántico y el compromiso social” a través de la historia de amor de una princesa en el exilio y de un proscrito del sistema adicto a los explosivos, parezca una locura, el esperpento de la historia y el talento de Tom Robbins han conseguido detener mis reflexiones en el amor y la ecología, más allá de lo que el continuo bombardeo de ideas consiguen últimamente.

Aunque en esta etapa de mi vida mire con desconfianza e incredulidad el idealismo romántico, y trate de buscar un idealismo social que me permita sobrevivir en esta socidad desarrollista, posmoderna, hipócrita y carente de sentido trascendental; creo entrever que el fondo del conflicto es lo que parece una elección forzosa en la vida de todo ser humano: felicidad individual o bien común. Esta elección tan irracional como ilógica lo mismo sirve para justificar una guerra o el desmantelamiento del Estado del Bienestar, que nuestros hábitos de consumo. Y sea lo que sea lo que prevalezca en nuestras decisiones como justificación funciona bastante bien, tanto que nos la hemos creido a pesar de una doble contradicción: si el bien común no puede por sí solo asegurar la felicidad individual, igual no es tan común como quieren hacernos creer; y si la felicidad individual es incompatible por definición con el bien común o tenemos que redefinir el concepto de felicidad o el del bien común.

La princesa Leigh-Cheri encontró la felicidad en el amor perfecto de un pelirrojo renegado, y resultó incompatible con su lucha social. A pesar de que la Remington SL3 y las setas que formaron parte del proceso creativo de la historia trataron de reconciliar el amor con la lucha social (“La ecología es amor”) ella decidió hacer todo lo posible para que el amor durarara. La respuesta a esta elección la tienen las matemáticas: la energía que tenemos que invertir en nuestra felicidad individual hemos de detraerla necesariamente de nuestra contribución al bien común. ¿Necesariamente?

Hay personas cuya felicidad reside en una vida militante dedicada al cambio social, ecológico o político, en este caso no hay ecuación, sino ecuanimidad en la decisión sobre donde invertir energías. El resto jugamos con ambas variables, felicidad individual y bien común, en función de nuestros valores, preocupaciones, prioridades y momentos vitales. Idealmente parte de nuestra felicidad debería depender de contribuir al bien común, tanto en positivo como en negativo, pero eso es parte la definición de felicidad que cada persona debe hacer libremente y en conciencia (quien la tenga claro). Y eso es jodidamente difícil, porque no nos enseñan ni a oirnos a nosotras mismas, ni a vernos como parte de ese bien común, cuyo desarrollo y bienestar influyen y determinan nuestra felicidad individual. Por supuesto, no todo es culpa de nuestra educación, a veces simplemente no queremos plantearnos la realidad que tenemos delante. 

Imaginando la triste realidad

Hoy ha sido un día duro a la hora de conciliar mis roles de madre y candidata. La agenda de campaña no entiende de horas de cena infantiles, y la agenda de la red de apoyo familiar no entiende de política.

Esto me ha hecho reflexionar sobre las dificultades que tenemos la ciudadanía de a pie para participar activamente en la vida política. Empecemos por lo más obvio: los partidos políticos. A priori parece que no hay problema: no hay ninguna discriminación para afiliarse (bueno, para poner pasta, no suele haber problemas). ¿Y una vez dentro qué?

Pues yo me lo imagino de la siguiente manera: las posibilidades de acceder a puestos de responsabilidad, son directamente proporcionales a los años que lleves pegando carteles o currándote la protección de algún jerifaltillo local. Según tu apellido, las relaciones o la pasta que tengas, esta fase te la puedes saltar. Una vez dentro del meollo, nada de ideas propias y valores por los que luchar, hay unas directrices y consignas que vienen de arriba (a veces de tan arriba que vienen de fuera de la cúspide del partido: bancos, empresas, lobbies varios…) Y entonces, sólo entonces, si no has mordido la mano que apunta con su dedo el orden de las listas y tienes cierta valía (según tu apellido, las relaciones o la pasta que tengas, esto último no suele tenerse en cuenta) puedes tener la suerte de salir elegido representante de la ciudadanía y participar activamente en las instituciones.

Esto, repito, es como yo creo que funcionan la gran mayoría de partidos políticos. Si me equivoco, por favor que alguien me lo demuestre pero con hechos: elecciones primarias para conformar las listas electorales, independencia económica de bancos y empresas, debates internos abiertos a todas las personas afiliadas y simpatizantes, elaboración del programa abierta y colaborativa, organización horizontal y participativa…

Mi experiencia en Equo Euskadi ha sido bien distinta. Y como ejemplo, mi propio caso: madre de dos niños pequeños y profesional autónoma, sin experiencia política pero con ganas de participar y cambiar las cosas. ¿Qué partido en Euskadi me hubiera dejado ser cabeza de lista con estas credenciales? ¿Y qué partido hubiera dejado que dos de sus tres cabezas de lista tuvieran este perfil?

Desde aquí mi reconocimiento y agradecimiento a las personas de Equo Berdeak que han apostado por hacer las cosas de distinta manera, y que no sólo nos apoyan a Mónica Monteagudo y a mí como cabezas de lista, si no que nos animan y nos arropan en nuestra responsabilidad como madres y candidatas.

Treinta años no es nada

Uno de mis primeros recuerdos es oir en casa que mi padre estaba en el paro. Yo no tendría más de 3 años, y sin embargo esa frase la recuerdo alta y clara. Siendo un poco más mayor, recuerdo parados pidiendo de puerta en puerta, acordarse solidariamente de los parados en Navidad y en general de ser consciente de que el paro era algo grave que afectaba a mucha gente.

Luego llegó el dinero europeo. Nos dedicamos a asfaltar, hormigonar y alicatar todo aquello asfaltable, hormigonable y alicatable (y si no lo era se decretaba como tal). Nos modernizamos y crecimos, el bienestar mejoró, nos convertimos en una sociedad de consumo y ocio, y el desempleo dejó de convertirse en preocupación nacional, que no en un drama para las personas que lo sufrían.

Y henos aquí, treintaytantos años después, en el mismo punto: cifras de desempleo inasumibles dentro una crisis económica a la que no se ve salida. La lección parece clara, la creación de empleo, sea cual sea su naturaleza, no es garantía de futuro para nadie, ni para las personas ni para el país.

Los únicos puestos de trabajo que pueden asegurar nuestro presente, y el futuro de nuestros hijos e hijas, son los empleos verdes o eco-empleos: puestos de trabajo de calidad, socialmente responsables que contribuyan a cambiar nuestro modelo económico y energético, haciéndolo viable en el futuro sea cual sea la coyuntura económica, financiera y productiva del exterior. Sectores como la agricultura ecológica, las energías renovables, la movidlidad sostenible, los servicios sociales o la conservación de la biodiversidad, están en crecimiento y expansaión y ofrecen además grandes posibilidades de devolver el protagonismo a la economía local.

Es una cuestión de voluntad política: invertir en generar empleo con fecha de caducidad o apostar por un empleo sostenible y durable en el tiempo. Y tú eliges a quién ha de tomar la decisión. No lo olvides.

De personas y máquinas

Cuando hablo o debato sobre pacificación, convivencia o el nuevo marco político de Euskadi, a veces tengo la sensación de hablar con máquinas de respuestas programadas y clonadas, para propagar verdades universales e inefalibles, en vez de con personas con voluntad de escuchar para aprender y comprender. Dicho de otro de modo, echo de menos cierta apertura de mente en mis interlocutoras.

EQUO Euskadi ha partido de cero para debatir y consesuar su postura sobre el nuevo marco político, oyendo todo lo que las personas afiliadas y sus simpatizantes teníamos que decir al respecto. El resultado es, desde mi punto de vista, una propuesta innovadora e integradora, que costará digerir sin la debida amplitud de miras. Pienso especialmente en dos puntos: la construcción de un nuevo marco político basado en una ciudadanía multi-identitaria y no en identidades nacionales; y la formación de una mesa social y ciudadana de diálogo.

Entendemos que hay que abrir el proceso de construcción y debate a toda la ciudadanía y no limitarlo a los partidos políticos. En primer lugar, porque no representan a toda la sociedad, sólo a su porcentaje de votantes, y además porque muchas personas, y más en estos tiempos que corren, desconfían de ellos como organizaciones al servicio del bien general. Y en segundo lugar, sería un error, además de arrogante, pensar que sólo en los partidos políticos podemos encontrar personas válidas y preparadas para llevar a cabo un debate de tal trascendencia para toda la sociedad.

La legitimidad del resultado dependerá de cómo de activa y participativa sea la ciudadanía en todo el proceso,  más allá de la simple aceptación o rechazo del producto precocinado entre bambalinas políticas. En cuantas más voces sumemos, más posibilidades tendremos de dar respuesta los importantes retos económicos, sociales, ecológicos e identitarios que tendrá que afrontar Euskadi en los próximos años.

Llamadme ingenua, pero yo tengo fe las personas; no tanto en sus creaciones.

Un modelo con pocas luces

He de reconocer que en el día a día no pienso demasiado en el origen de la energía que consumo. Como casi todo el mundo, me acuerdo de Santa Bárbara cuando truena, y las subidas del petróleo, los accidentes nucleares o los datos sobre el cambio climático me recuerdan que estamos pagando un precio demasiado alto por preparar la cena, usar el ordenador, coger el coche el fin de semana o disfrutar de las luces de Navidad.

Esto es preocupante porque resulta que si no vemos u oímos el problema, este no existe. O sea que cuando hacemos una lista de cosas que queremos cambiar en el mundo, ésta está en directa relación con los titulares de los últimos días.

Las noticias sobre nuestro modelo energético suelen estar cuidadosamente elegidas para no alarmar demasiado a la población, recordarnos el poder de las multinacionales, asegurarnos de que hay petróleo y gas por mucho tiempo; y que tecnológicamente estamos tan avanzados que podemos permitirnos centrales nucleares y prospecciones de fractura hidráulica –fracking- sin riesgo alguno. ¡JA!

La verdad es que esta manera nuestra de producir energía no hay por donde cogerla. Debería ser limpia, segura y asequible, y es altamente contaminante, peligrosa y costosa. Tendríamos que usar fuentes de energías renovables, y nos agarramos a los combustibles fósiles (es más fácil especular así). Invertimos grandes, pero muy grandes, cantidades de dinero en traerla de muy lejos cuando podríamos producirla en nuestra casa (literalmente). La transición hacia un modelo más eficiente y sostenible debería ser prioritario en la agenda política, además de motor del cambio económico (eco-empleos, inversión en I+D…) y ni siquiera se debate.

Señores, señoras, es la hora de hacer propuestas concretas. ¡Necesitamos nuevas energías ya!

Depende de ti

Me gusta pensar que soy parte del problema, porque eso me permite ser parte de la solución.  No se trata de entonar la cantinela del “por mi culpa, por mi gran culpa”, si no de ver que es lo que podría hacer yo para corregir las cosas, y si resulta que puedo hacer algo, entonces soy en parte responsable del problema porque no lo estoy haciendo.

Llevamos años (sí, años ya, desde 2008 más o menos) señalando culpables  de la crisis, Según de quien es la mano así apunta el dedo: Zapatero, los bancos, la clase política, la especulación financiera, las personas que han vivido por encima de sus posibilidades, la prima de riesgo, el estado del bienestar, la falta de productividad, el euro, etcétera, etcétera, etcétera.

Y nosotras, las personas de a pie, ¿qué hemos hecho para producir la crisis? Pues seguramente nada. ¿Qué hemos hecho para evitarla? Nada, tampoco.  Luego somos parte del problema. Busquemos la solución. Esto lo han entendido a la perfección las miles de personas que salieron a la calle para pedir un nuevo proceso constituyente, esto es establecer unas nuevas reglas de juego. (Digo esto porque si has seguido la noticia por la prensa es más que probable que no te enterases de qué era lo que estaban pidiendo).

Si hasta ahora no hemos prestado atención a la vida política, hagámoslo ahora; si nunca hemos hecho saber nuestro descontento o disconformidad a la clase política digámoselo ahora; si no estamos de acuerdo con el marco institucional, pidamos cambiarlo; si hemos votado a los que lo han hecho mal durante décadas, DEJEMOS DE VOTARLES DE UNA VEZ.

Las cosas se pueden cambiar, pero no se cambian solas. Depende de ti, de mí, de todas las personas que así lo queremos. En Euskadi tenemos una oportunidad dentro de 3 semanas aprovechémosla.